Durán Arte y Subastas

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"La bailarina Marina Sansano". Óleo y temple sobre lienzo. Firmado en el ángulo central izquierdo. Al dorso: "J. Romero de Torres pintado al óleo y al temple". Procedencia: - Exposición en la sala Mundi-Art, (Barcelona).- Saskia-Sotheby's Subastas de Arte. Lote número 37 de la subasta celebrada el 11 de noviembre de 1975, Madrid. 91,5 x 82 cm

ROMERO DE TORRES, JULIO (1874 - 1930)
Su formación tiene lugar en el taller de su padre, el pintor Rafael Romero Barros, conservador del Museo de Bellas Artes de Córdoba, director de la Escuela de Bellas Artes, desde 1871, fundador del Museo Arqueológico y Pintor de Cámara de Alfonso XII. A los dieciocho años, realizó el retrato de Francisco de Borja Pavón, para la portada de la publicación cordobesa «La Revista Meridional», y poco tiempo después, en 1895, pintó su famoso lienzo «¡Mira qué bonita era!», por el que fue distinguido con Mención de Honor en la Nacional de Bellas Artes de ese año. En 1897, logró una Tercera Medalla con el cuadro «Conciencia tranquila», de un claro contenido social. El 30 de octubre de 1899, contrajo matrimonio con Francisca Pellicer. En 1904, alcanzó otra Tercera Medalla por «Rosarillo», y fue designado Académico Correspondiente de San Fernando, y en 1905, pintó los seis murales del Círculo de la Amistad de Córdoba, que alcanzaron un resonante éxito, y que son sus primeras obras conocidas de carácter simbolista. En 1906, envió a la Exposición Nacional su polémico óleo «Vividoras del amor», que fue incomprensiblemente rechazado por la 'inmoralidad' del tema, dando origen a un considerable escándalo de prensa y a la exposición de la obra, en el n.° 12 de la calle de Alcalá -junto con las tituladas «El sátiro» de Antonio Fillol y «Naná» de José Bermejo, que habían corrido la misma suerte, a la vez que se le ofrecía un homenaje de desagravio, en el restaurante La Huerta, al que no fue ajeno don Ramón del Valle-Inclán, que profesaba una sincera admiración por el artista cordobés. En 1907, recorre Italia, Francia, Suiza e Inglaterra y, a su vuelta, participa en la exposición «Pintores independientes», en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, junto a Gutiérrez Solana, Ricardo Baroja, Regoyos y otros artistas margina dos, como él, por los salones oficiales, y que desde distintos conceptos estéticos luchaban por la renovación del arte español. Ese mismo año expuso, por primera vez, en París, consiguiendo el unánime elogio de la crítica y del público. A partir de 1908, fue abandonando el realismo simbolista-dramático, de tesis social, y realizó una serie de cuadros con la figura femenina como protagonista, más al gusto del simbolismo francés por una parte, y por otra aferrándose a lo telúrico, reflejando la melancólica sensualidad de las mujeres de su Córdoba natal», como inteligentemente señaló Francisco Zueras. A esta etapa pertenecen sus cuadros Amor místico y profano, «Nuestra Señora de Andalucía» o «La musa gitana», que fue galardonada con la Primera Medalla de la Exposición Nacional de 1908, llevando a Valle-Inclán a escribir: «Julio Romero de Torres es, de cuantos pintores acuden a esta Exposición, el único que parece haber visto en las cosas aquella condición suprema de poesía y misterio, que las hace dignas del arte. A partir de este triunfo, se le consideró como el primer pintor prerrafaelista y modernista de España. En 1909, pintó «El retablo del amor que no alcanzó ninguna distinción en la Nacional de 1910, por lo R que se produjo una nueva protesta, encabezada por don Benito Pérez Galdós, exigiendo un desagravio al Gobierno, que concede a Romero de Torres, como compensación, la Encomienda Civil de Alfonso XII. Este mismo cuadro obtiene, en 1911, la Medalla de Oro de la Exposición Internacional de Barcelona. En 1912, cuando «La consagración de la copia o es galardonada en la Nacional, un grupo de intelectuales inicia una suscripción para ofrecerle, como homenaje popular, una «Medalla de Oro» modelada por Julio Antonio. En 1916, es nombra do profesor de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, llevando a cabo 1 una intensa labor docente. En 1918, expone con gran éxito en Bilbao. En 1922, presenta su obra en Buenos Aires y Uruguay, vendiendo la totalidad de sus cuadros y recibiendo numerosos encargos. En 1929, con motivo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, la Casa de Córdoba le dedica una sala donde se exhiben veintiocho lienzos, por la que desfilan miles de visitantes, y poco después, fallece en Córdoba, en la casa que le vio nacer, y que por deseo de su esposa y sus hijos, se convierte, en 1931, en el Museo Julio Romero de Torres, ampliado, con posterioridad, en 1936. Junto a las obras que le hicieron famoso, recordar sus excelentes retratos, sus atractivos carteles y sus numerosos dibujos. Ningún pintor alcanzó en España la popularidad de la que gozó en vida el artista cordobés; escritores como Galdós, Benavente, Valle-Inclán, los Álvarez Quintero, Ramón Pérez de Ayala, Martínez Sierra, Emilia Pardo Bazán, Unamuno, Carmen de Burgos, Eduardo Zamacois, Ortega y Gasset, se unieron en la exaltación de su pintura con los críticos Manuel Abril, José Francés, Francisco Pompey o Margarita Nelken, con los poetas Emilio Carrere, Francisco Villaes pesa y Antonio y Manuel Machado, con las actrices Margarita Xirgu o María Palou, con Belmonte y Paco Madrid, con Pastora Imperio y Conchita Piquer... Su natural simpatía, su personal elegancia, su indudable atractivo masculino, se sumaban a la admiración apasionada de su obra, tanto por parte de las minorías renovadoras de su época como por las gentes sencillas, que conectaban sin esfuerzo con su misterioso y sensual sentido de la belleza. En 1923, en un homenaje que le rindieron las mujeres de Bilbao, le hicieron entrega de una almohada confeccionada con rizos de sus cabellos, y a los pocos días de su muerte, el recitador González Marín estrenaba en el Teatro de La Latina un poema titulado «El espíritu popular a la muerte de Romero de Torres», y Conchita Piquer cantaba en el Romea «Adiós a Romero de Torres». Pero esta excepcional popularidad, perjudicó, sin duda alguna, la apreciación crítica posterior de la obra del pintor. La reiteración de sus reproducciones, la renovada presencia de su nombre en coplas y canciones, la cuidada belleza de sus lienzos, en contraste con la irrupción de los movimientos pictóricos posteriores a su muerte, condenaron la obra de Romero de Torres a un injusto olvido por parte de amplios sectores de la crítica, del que en los últimos años ha sido rescatada por la inteligente visión de diversos estudiosos y la mantenida admiración del público. Está representado en su Museo de Córdoba y en las colecciones del Museo de Arte Moderno de Barcelona, Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, Museo Provincial de Castellón, Museo de Bellas Artes de Córdoba, Museo de Bellas Artes de La Rioja, Museo de Buenos Aires, etc.
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Julio Romero de Torres. Marina Sansano

Durán Sala de Arte 2021

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